Participar, pero no tanto.
Por: Katheryn Miranda, Francisco Cardozo y Josefa Saldivia.
Hay algo que venimos pensando hace tiempo y que cada vez nos hace más ruido: pareciera que las adolescencias y las juventudes podemos hablar, participar y opinar, pero solamente hasta cierto punto. Podemos hablar de autocuidado. De salud mental, de salud sexual, de consumos, de educación, de ambiente. Podemos hacer campañas, recomendar, concientizar, contar nuestras experiencias y decir qué cosas nos hacen bien o mal. Pero, ¿qué pasa cuando queremos hablar de por qué esas cosas están pasando? ¿Qué pasa cuando dejamos de hablar solamente de cómo cuidarnos y empezamos a preguntar por las políticas públicas que atraviesan nuestra salud, nuestra educación, el ambiente, la economía o la seguridad? Es en este punto donde nuestra participación empieza a tener otro peso. Porque parece que podemos hablar de cómo sobrevivir a determinadas situaciones, pero no siempre de las decisiones que las generan. Podemos hablar de ansiedad, pero no necesariamente de las condiciones que nos generan-
Podemos hablar de ansiedad, pero no necesariamente de las condiciones que nos generan incertidumbre. Podemos hablar de educación, pero no siempre de los recursos que faltan. Podemos hablar de ambiente, pero no necesariamente de quiénes toman las decisiones sobre nuestros territorios. Y cuando queremos ir más allá de la recomendación, del taller o del “hay que cuidarse”, nuestra participación empieza a incomodar. Porque una cosa es que estemos presentes y otra muy distinta es que podamos incidir. Muchas veces se nos invita a ocupar una silla, aparecer en una foto, contar lo que nos pasa o decir qué sentimos, pero no necesariamente a formar parte de las decisiones que después van a afectar directamente nuestras vidas. Y también tenemos que decir algo que para nosotrxs es importante: nadie nace sabiendo participar.
Desde nuestra experiencia, no nos enseñaron demasiado a involucrarnos, a debatir, a construir una postura propia ni a sentir que nuestra opinión también tiene valor. Entonces, cuando finalmente llegamos a estos espacios, también tenemos que aprender a habitarlos. Tenemos que aprender sobre los temas, aprender a participar, aprender a hablar sin miedo, a defender una idea, a escuchar otras posturas y a entender que pensar distinto no debería significar convertir al otro en un enemigo. También tenemos que aprender que hablar de política no significa necesariamente pertenecer a un partido ni ubicarnos de un lado o del otro. Para nosotrxs, hablar de política también es hablar de aquello que organiza nuestra vida cotidiana: la salud, la educación, la economía, el ambiente, la seguridad, el trabajo, la posibilidad de quedarnos o tener que irnos de nuestros pueblos.
En todo esto hay una contradicción que no podemos dejar pasar. Cuando las adolescencias y las juventudes cuestionamos, muchas veces aparece alguna etiqueta: “generación de cristal”, “no saben cómo funciona el mundo”, “cuando sean grandes van a entender”. Incluso cuando esas frases parecen menores o se dicen en tono de chiste, siguen funcionando como una forma de reducir lo que pensamos a nuestra edad. Terminamos siendo suficientemente grandes para vivir las consecuencias, pero aparentemente demasiado jóvenes para discutir las causas. Se habla de que usamos demasiado la tecnología, de que no queremos tener hijos, de que queremos irnos de nuestros pueblos, de que no participamos, de que estamos desinteresadxs. Pero pocas veces se pregunta qué condiciones tenemos para quedarnos, para estudiar, trabajar, proyectarnos, formar una familia si queremos hacerlo o participar verdaderamente de las decisiones de nuestra comunidad. También nos dicen que somos “el futuro”. Y esa idea también nos incomoda. Porque si el futuro es hoy, entonces queremos ser parte de ese presente. No queremos aparecer solamente cuando hay que mostrar que las adolescencias y las juventudes fueron escuchadas. Queremos formar parte de las conversaciones incómodas, de los debates importantes y también de las decisiones.
No queremos que nos den un espacio solamente cuando nuestra opinión queda linda. Queremos poder participar también cuando cuestionamos. Quizás entonces la pregunta no sea solamente cómo generar más espacios de participación para las adolescencias y las juventudes. Quizás también tengamos que preguntarnos: ¿Qué pasa cuando dejamos de participar solamente en los temas que otrxs eligieron para nosotrxs y empezamos a hablar de todo aquello que también nos pertenece?
Katheryn Miranda, Francisco Cardozo y Josefa Saldivia.
Miembros del Grupo Juvenil Rehue . Octubre 2026 Patagonia Argentina
https://www.rehueong.com.ar/node/1
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